Huestra Historia

Vanessa Pekerman

Soy Vanessa Pekerman, Licenciada en Economía.

A los 19 años comencé a trabajar en grandes empresas de distintos orígenes donde capitalicé las diversas culturas de trabajo. Me desempeñé principalmente en áreas de planeamiento. Luego de 16 años y de haber pasado por GoodYear, IAE y Toyota, decidí seguir mis pasiones: unir la nutrición, la vida activa, el deporte y la motivación con el trabajo y la planificación.

La primera vez que tuve contacto con un podómetro fue en la década del 90 cuando mi padre trajo de Japón uno que le habían regalado. Como el manual estaba en japonés y en esa época el uso de internet no estaba tan difundido, me fue imposible de comprender exactamente de qué se trataba. ¿Para qué serviría contar pasos?

Mi segunda experiencia con el podómetro fue cuando trabajaba en Toyota. Lo estaban utilizando unos visitantes que habían venido desde Japón. Eso no llamó mi atención hasta que, al finalizar una reunión, un importante economista de Toyota miró su aparatito y dijo: “Voy a caminar un rato luego del almuerzo porque tengo muy pocos pasos”. La idea quedo en mi cabeza dando vueltas.

Muchos años después, luego de comenzar esta nueva vida, esa idea volvió a mi mente y comenzó a hacerse cada vez más fuerte. Al poco tiempo ya usaba mi podómetro y me había transformado en una fanática. El contador de pasos me acompañó en mi vida sedentaria, durante los embarazos y en mis carreras de calle.

El momento de correr, para mí, es el momento en que despiertan las ideas. Durante mis carreras, comencé a pensar por qué no hacer conocer sus efectos, por qué no probar transmitir que cuando uno piensa que el deber es ir al gimnasio o salir a correr, la esencia del ejercicio es más simple y está al alcance de todos.

Ahí, en ese punto comenzó a tomar forma Cada Paso Cuenta. Ahí donde el podómetro se vuelve un instrumento de un todo, un programa donde acompañado por una web y el apoyo de profesionales se convierte en un programa motivacional hacia el bienestar.

Cuando participé en la primera carrera de calle comencé a percibir que la vida tenía otro sentido. El llegar a un lugar con cientos de personas unidas hacia un objetivo que era cruzar una meta me hizo tener una mirada distinta. La primera vez que fui a una carrera había personas muy mayores que llegaron antes que yo. También había personas con discapacidades a las que se veía entusiasmadas. Tomé conciencia de mi cuerpo. Y de la belleza. Y del espíritu. Allí crucé por primera vez el arco de llegada. Quinientos metros antes se escuchaba la música y cuanto más me acercaba, más fuerte sonaba. Hasta que pude ver el arco. Ese día lloré. Ese día el logro se materializó. Ese día fue el comienzo de muchas otras cosas en mi vida. Ese día, creo, comenzó este Desafio, el Desafio de los 10.000 pasos, el Desafio de Cada Paso Cuenta.

Luciana Bolzani

Soy Luciana Bolzani, abogada y durante mucho tiempo trabajé en entidades sin fines de lucro dedicadas a la integración social. También me desempeñé en empresas privadas.

Si bien siempre llevé una vida equilibrada en lo que hace a alimentación, horas de descanso y estados emocionales, la actividad física no estaba incorporada en mi rutina diaria de manera sistemática. A medida que mis obligaciones como madre, como profesional o relativas a la vida social se iban incrementando, el estrés y la sensación de agobio me provocaban la necesidad de atravesar la puerta y “salir corriendo”. Y así lo hice.

Durante 2010, como parte de un cambio en mi rutina, comencé a caminar con regularidad. El contacto con el aire libre, ya fuese en una enorme ciudad como en el medio de las islas del Paraná me brindaban una sensación muy placentera.

Un día, un grupo de amigas me invitó a participar de una carrera de calle. Eran cinco kilómetros que, a pesar de que nunca antes había corrido, yo sentía como “la maratón de mi vida”.

El día de la carrera ni siquiera pude tener la remera como todos los demás participantes porque había llegado tarde a la inscripción. Pero lo único que yo quería era participar, fuera como fuese. Lo que más me impactó fue el momento de atravesar el arco de salida. La gente era completamente dispar, desde la edad hasta el aspecto físico. Pero igualmente todos teníamos algo en común, todos éramos uno. Las diferencias habían desaparecido.

Cuando comenzó la cuenta regresiva, se escucharon nuestros gritos. La motivación que teníamos era enorme. Estábamos integrados, todos unidos por algo, todos en el mismo camino. A lo largo de la carrera tuve sensaciones encontradas: “¿Para qué vine?”, “No doy más”, “No puedo abandonar acá”. Y en ese diálogo interior, fui atravesando todas las dificultades y finalmente llegué.

Cuando comencé el proyecto CPC sentí que algo muy fuerte me había pasado con las carreras y el uso del podómetro. Y supe que tenía que compartirlo. Caminar libera mi mente. Es una terapia que puedo hacer en cualquier momento y lugar. Es algo alcanzable. Caminar es gratificante. Es un esfuerzo que vale la pena porque genera una enorme sensación de placer. Y estoy segura de que CPC puede despertar esas sensaciones en mucha pero mucha gente.

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